Los vendedores de la 72

Los vendedores de la 72

Empresarios, trabajadores, estudiantes, empanadas, minutos, cigarrillos, es el día a día de la calle 72 con Caracas en Bogotá. Hay mucho ruido, mucha gente caminando de afán, una mañana de día entre semana normal. Desde encorbatados hasta deportistas mañaneros desayunan empanada con tinto o jugo de naranja antes de comenzar el día laboral o estudiantil. Se ven pancartas de minutos, llamadas, cigarrillos. Usted consigue arepas con huevo revuelto, sándwich, huevos cocidos, tortas de todo tipo, maicena, milo, fruta picada para los más fitness, si hay un lugar en donde se encuentren todas las variedades gastronómicas populares de nuestro país es este.

Todo esto se ve unos días antes de que la Administración Local llegue a la zona y retire a todos los vendedores ambulantes. Es una decisión y orden del nuevo Alcalde de Bogotá Enrique Peñalosa. Pero los vendedores lo saben, temen porque llegue ese día, en anteriores alcaldías de Enrique Peñalosa esta situación ya ha pasado. Huele a grasa, esa grasa que llama la atención porque le abre el apetito a uno. El olor a cigarrillo es notorio, se mezcla con el dulce olor de un tinto recién preparado.

Cerca de 178 vendedores ambulantes de la zona son retirados de sus puestos de trabajo. Hay unos que se niegan, a esos la Policía –con camiones listos- les quita los productos y los montan en el camión. No importa que sea un triciclo de carga, un puesto rodante, si está estacionado y así sea muy grande, al camión va a parar. Todos protestan, se quejan, unos corren a esconder sus negocios, pero no importa, el operativo es muy grande y logran retirarlos a todos. En cuestión de horas un silencio sepulcral se toma la zona. Ya no se oyen los gritos de los vendedores; no se escucha el grito de “minutos, minutos”; ni el de “lleve la fruta picada”; ya no están los de las empanadas de carne, pollo o mixta; ya no hay nada que comprar en los andenes. Los únicos que quedan son 4 o 5 voceadores de prensa entre la Caracas y la carrera 11 por la 72. Ellos y los emboladores de zapatos son los únicos que pueden permanecer allí. El decreto que habla sobre vendedores ambulantes no los incluye a ellos, pueden seguir trabajando normalmente.

Corriendo, estirando las piernas cada 3 o 4 negocios visitados va Joaquín García García. Un vendedor de tinto, perico, aromática, maicena, torta de queso, cigarrillos, chicles Trident y Xtime, o como él los llama, estain. Es uno de los pocos que se arriesgan a seguir vendiendo por esta zona. Ya no hay vendedores pero si hay decenas de carros parqueados en la vía, un problema hasta más grande que los mismos vendedores porque obstaculizan el tráfico de buses, taxis, carros y flotas de la 72. Hay buses del SITP pitando para que los dejen parquear a recoger pasajeros. Uno de los 6 policías que está encargado de patrullar la 72 me cuenta que a los únicos que pueden quitar son a los vendedores ambulantes.

No importa si hay 10 flotas parqueadas en la vía esperando recoger pasajeros, no importa que formen trancón, no importa que griten igual o más fuerte que los vendedores ambulantes. La orden es en contra de los vendedores ambulantes no más. Le pido su nombre y se niega a dármelo, me dice que por órdenes del comandante y por ser un servidor público no me puede dar entrevistas, norma que omitió conmigo después de haber hablado unos cuantos minutos aún no sé por  qué. Tartamudea un poco cuando le pregunto por qué lo hizo, no responde y se despide. Foto: Fredy Osorio

Cada 2 almacenes, promedio, Joaquín vende sus tintos y demás productos. Está muy agitado, me pide que le cuide el triciclo de carga en donde lleva 25 termos en la parte inferior y una torta de queso, cigarrillos y chicles –estain– en la parte superior. Es uno de los cientos de desplazados por la violencia que llegan a Bogotá en búsqueda de una ayuda para un futuro mejor. “Claro chino, yo le cuento mi historia pero me cuida el carro mientras vendo los tintos. Si viene la policía me avisa y corremos o sino me joden”, me dice Joaquín. Los saluda a todos de la mano. Vende casi 3 tintos por tienda que visita. Le compran en Aquiles, Paga Todo, Office Depot, celadores,  la gente que va bajando hacia Transmilenio y otros vendedores ambulantes que también se arriesgan a vender por estas aceras.

Los que se arriesgan tienen sus sombrillas u otra mercancía metida entre canastos con ruedas, de esos de hacer mercado de plaza. Si viene la policía, que camina de arriba abajo entre la 11 y la Caracas vigilando que no se estacionen a vender. “Menos mal a esos tombos les pusieron esas chaquetas color aguacate que se ven a cuadras, eso nos da tiempo de irnos y escondernos mientras pasan”, me dice el vendedor de sombrillas al que Joaquín le vende un tinto.

Hay 4 quioscos autorizados por la Alcaldía, son los únicos lugares en donde se encuentra mecato por esta zona. Están muy llenos, la gente hace fila para comprar su cigarrillo, su paquete o hacer una llamada. La gente me comenta que la zona ha cambiado mucho su aspecto. No hay mucha bulla, se puede transitar con facilidad, pero hacen falta los vendedores ambulantes. Lo mismo me dice Giovanny Ordóñez, un trabajador que atiende una miscelánea a pocos metros del Olímpica. Antes de que sacaran a todos los vendedores de la zona él tenía un puesto de minutos sobre el andén. Ahora, está casi dentro de la miscelánea, lo atiende una mujer muy joven, estudiante de la Universidad Pedagógica, lo hace para pagarse sus materiales y demás costos que devenga la universidad. Mira revistas de Avon y Marketing Personal mientras espera que sus clientes cuelguen para cobrar. Giovanny, tiene una Coca Cola 600 mililitros mientras habla conmigo. Dice que es lo único que se puede comprar de onces en el día desde que los vendedores ya no están. Antes desayunaba empanada con café por dos mil pesos. Ahora desayuna en la casa porque comprar en el Olímpica del lado es muy caro. Se gastaría casi cinco mil pesos diarios.

Los más beneficiados de la zona han sido los negocios de comida. Es la hora de las onces o receso laboral antes del almuerzo y los negocios de empanadas son los más llenos. La medida es un ahorro para los cientos de trabajadores y estudiantes que se comían su empanada, arepa o calmaban algún antojo pasajero. Giovanny molesta diciendo que ha bajado de peso. Se les ve caminar tranquilamente, con cocas de fruta picada y algunos con cigarrillos. Antes, sólo se les veía comiendo empanada, tinto, jugo de naranja, el popular mandarinazo y guanabanazo.

Giovanny en su miscelánea cuenta que las ventas han bajado. Como la gente en sus recesos ya no transita mucho por los andenes de la 72, no hay quién compre. Mientras hablo con él, solo entran 3 personas a comprar un cuaderno, un lápiz y un sobre de manila tamaño oficio. Le va mejor con los minutos. La universitaria deja de ver constantemente las revistas, sentada en su puesto para dar y recibir los seis celulares con los que trabaja.

Joaquín sigue corriendo con su triciclo. Se demora casi un minuto por almacén en el que vende sus tintos. Ya vamos bajando por la acera norte de la 72. A lo lejos, la gente le silba. Él grita que ahorita vuelve a pasar. Vende sus tintos a los tenderos de los quioscos autorizados. Uno de ellos le pide limón. Joaquín saca un tarro de esos de la salsa de tomate y se lo pasa. El limón es para reducir la cafeína, me comenta. Terminado el recorrido entre la 11 y la Caracas, recorriendo el andén del sur y el andén del costado norte se ha ganado treinta mil pesos. Nada mal pensando en cuánto está el salario mínimo. Me cuenta: “cuanto esto estaba lleno de vendedores ambulantes, ellos eran los que más compraban, entre todos nos colaborábamos. Yo les compraba que la empanada, el de las arepas me compraba el tinto, que la de los minutos se tomaba su cafecito y así. Con esa decisión del bobo del alcalde nos jodieron a muchos. Gracias a Dios yo tengo este carrito que me da pa’ vivir pero que pues es un riesgo de que me lo quite la policía. Hay días que andan de mal humor y ni me dejan hacer mis vuelticas. Hay otros en los que paso por el lado de ellos y ni me miran. Antes en dos vuelticas me vendía entre ochenta y cien mil pesitos. Ahora en esas 2 a veces me hago menos de la mitad. La gente ya prefiere traerse su termo y su mecato y eso nos jode porque no compran casi”.

Es una zona muy concurrida, uno de los puntos más transitados de la ciudad. Yo estoy analizando a la gente sentado en el Paga Todo, en la acera norte antes de la Panamericana. Hace mucho sol y sudo un poco por el recorrido que hice con Joaquín. Eso no parece importar porque tengo un tinto en la mano que me regaló Joaquín. A lo lejos lo miro y sigue corriendo, va por su segunda “vueltica”. Los policías suben y bajan cada cinco minutos. Los bachilleres escuchan música y chatean en su celular. No parece un trabajo muy emocionante. Cruzo la calle y ya no me recibe el grito de “empanadas, tinto, perico, fruta picada, cigarrillos”, que se mezclan con el caminar. Ahora me despide un silencio interrumpido por un “Gacheta, Guasca, Ubalá, si hay puestos” y pitos de carros por doquier.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s